La influencia de la ciencia ficción en el desarrollo del futuro

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“¿Hasta qué punto el futuro se codifica a través de la ciencia ficción?”

Hace algún tiempo redacté un breve ensayo en el que reflexionaba sobre cómo la ficción, y especialmente la mal dicha ciencia ficción, influencia el desarrollo de nuestras sociedades. Hoy, en motivo del estreno del nuevo episodio de la Guerra de las Galaxias, Star Wars VII: The Force Awakens, me ha parecido una buena ocasión para publicar este texto que sin duda fue un placer de escribir. Puede que más adelante realice algunos cambios para agilizar su lectura.

Paz y prosperidad, y que la Fuerza os acompañe.

ÍNDICE

  1. Sobre la Ficción
  2. Sobre la Ciencia ficción o Ficción científica 
  3. Sobre la Ciencia ficción futurista 
  4. Sobre la Ciencia ficción futurista en el cine 
  5. Conclusiones
  6. Bibliografía

Sobre la ficción.

3. f. Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios.

El ser humano siempre ha fantaseado con cuanto ha podido, en presente, pasado y futuro. Ya fuera para comprender, para prevenirse o por el puro placer de imaginar. El hecho es que siempre se ha especulado con la verdad y el porqué de lo real, primero con los mitos y leyendas, luego con la literatura y el teatro, y más recientemente con la radio, el cine y demás medios audiovisuales.

¿Pero qué motivos hay para cuestionar el sino de la existencia de lo que nos rodea? ¿A caso es necesario comprender para vivir? ¿O imaginar para existir? Pues parece que sí. Tzvetan Todorov respondió una vez que la literatura (léase la ficción) le ayuda a vivir ya que ésta, amplía nuestro universo y nos incita a imaginar otras maneras de concebirlo y de organizarlo. De ésto trata la ficción, de imaginar para comprender, de comprender para existir, y de existir para escribirla.

Hay una teoría sobre la función de la imaginación del ser humano que me gusta especialmente. Patrick Harpur sostiene que la imaginación era un puente entre el cuerpo y el alma (entre los hombres y los entes metafísicos), un estado intermedio con el que el ser humano permanecía conectado a su entorno natural, y que además lo hacía sensible a los fenómenos daimónicos, hoy en día más conocidos como hechos paranormales.

De hecho, como más se desarrolla una sociedad humana, más imaginativa se vuelve. Y tiene una sencilla explicación: para ellos lo imaginario es irreal, mientras que para quienes permanecen en contacto con la naturaleza lo imaginario es un simple camino hacia lo espiritual, es algo real. Por este motivo carecen de la necesidad de idear fantasías palpables, pues para ellos no es precisa ninguna explicación más que la voluntad divina, son seres satisfechos, completos, a los que Kierkegaard no cuestionó su razón de ser ni Nietzche mató a su dios.

Sin dios ni certezas divinas los fenómenos daimónicos (experiencias extrasensoriales) se tornaron en incómodos hechos que ni la ciencia ni la razón podían explicar. Pero la ficción sí, pues su mayor virtud es que no responde a verdades matemáticas ni conoce el significado de las fronteras, ni siquiera sabe qué es la realidad, y eso le permite comprender todo cuanto desea, a su manera. Más sin embargo, la ficción, trate de lo que sea, esconde una gran verdad, única y semejante en todas las obras: el deseo de comprender el por qué de nuestra existencia. En el propio ejercicio de imaginar, el hombre reconoce su imperfección, pues de ser completo, carecería del deseo impulsivo de crear mundos en los cuales las reglas las impone él, y por tanto responden a realidades entendibles a su juicio, realidades finitas que tienen un porqué y una historia que las justifica, que les da sentido, que las hace completas y por tanto, satisfechas con su existencia.

Así, la ficción pasó de ser un recurso para comprender el mundo a uno para crear otros nuevos más fáciles de comprender, primero en la mente y luego en la realidad.

sobre la Ciencia ficción o La ficción científica.

1. f. Género de obras literarias o cinematográficas, cuyo contenido se basa en hipotéticos logros científicos y técnicos.

Existe una frase de Jules Verne que a menudo me gusta recordar: “Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad”. La ficción científica (el término ciencia ficción es una traducción errónea del inglés science fiction) trata precisamente de esto, de crear imaginarios factibles.

A diferencia de la ficción fantástica, donde no hay límites imaginativos, el espacio y el tiempo no son los nuestros y lo místico es omnipresente, la ficción científica responde a la búsqueda de una realidad futura basada en la presente. Es la formulación de una hipótesis según la cual la realidad del momento (o de un momento concreto) evolucionaría de un modo u otro.

Miquel Barceló (uno de los máximos entendidos de la ciencia ficción en España, no el artista) dijo que si éste género tuviese que definirse con una pregunta, esta sería algo así como “¿Qué pasaría si…?” Esta reflexión es una manera muy acurada y entendedora de resumir uno de los principios de la ciencia ficción: que es especulativa. El otro sería que sus hipótesis siempre parten de un “punto crítico” científico.

El “punto crítico” de las obras de ficción científica es el detonante que da vida a la hipótesis, es el desencadenante de la ruptura entre el presente real y el futuro diegético, es el punto de partida del futuro de ficción.

Sobre esto, Philip K. Dick escribió:

Tenemos un mundo ficticio; éste es el primer paso. Una sociedad que no existe de hecho, pero que se basa en nuestra sociedad real; es decir, ésta actúa como punto de partida. La sociedad deriva de la nuestra en alguna forma, tal vez ortogonalmente, como sucede en los relatos o novelas de mundos alternos. Es nuestro mundo desfigurado por el esfuerzo mental del autor, nuestro mundo transformado en otro que no existe o que aún no existe. Este mundo debe diferenciarse del real al menos en un aspecto que debe ser suficiente para dar lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad o en cualquier otra sociedad del presente o del pasado. Una idea coherente debe fluir en esta desfiguración; quiero decir que la desfiguración ha de ser conceptual, no trivial o extravagante… Ésta es la esencia de la ciencia ficción, la desfiguración conceptual que, desde el interior de la sociedad, origina una nueva sociedad imaginada en la mente del autor, plasmada en letra impresa y capaz de actuar como un mazazo en la mente del lector, lo que llamamos el shock del no reconocimiento. Él sabe que la lectura no se refiere a su mundo real.”

Por lo general, las tramas de ciencia ficción suelen ocurrir en el futuro (respecto al presente del autor), pero existe algo, entre otros derivantes, llamado ciencia ficción retrofuturista, que consiste en escoger un momento del pasado y reconstruir un futuro totalmente distinto a los acontecimientos que sucedieron realmente, es decir, que acaban planteando un presente distinto al que vivimos. Así pues, la ciencia ficción se desenvuelve en cualquier tiempo presente, pasado o futuro, pero siempre desde una perspectiva más o menos verosímil y sobretodo coherente.

¿Pero, por qué la ciencia se convierte en objeto de ficción? A mediados del siglo XIX, Jules Verne publicó la obra considerada madre de la ciencia ficción, por ser la primera, “Cinco semanas en globo” y desde entonces no dejó de escribir fantásticas historias en las que los inventos más extravagantes realizaban hitos inalcanzables, dejando un prolífico legado que ha inspirado el mundo moderno. En su presente, Verne vivió la maravillosa era del vapor, cuando la segunda revolución industrial asombró al mundo entero con sus increíbles y potentes avances científicos. No es de extrañar pues, que muchos otros escritores se subieran al carro de la locura inventiva y que fuera en la época victoriana que naciera la ficción científica propiamente dicha.

En realidad, se puede decir que sin la desbordante imaginación de Verne que impulsó a muchos inventores entusiastas a dar vida a los diseños de sus obras para llevar a cabo las hazañas de sus protagonistas, nuestro presente no sería como es. Y esta hipótesis tiene una fácil explicación: lo que no imaginó DaVinci lo hizo Verne, pero con la excepción de que muchas de sus fantasías sí se hicieron realidad. Sitio equivocado, momento equivocado, DaVinci.

Hay quienes sostienen que estos hombres avanzados a su tiempo fueron en realidad viajeros del futuro que navegaron a través de las leyes físicas para llenar de conocimiento a la humanidad. ¿Quién mejor que ellos para convertirse en personajes de ciencia ficción?

Los viajes en el tiempo son una temática recurrente en esta literatura, sobretodo a partir de la publicación de “La máquina del tiempo” (1895) de H.G.Wells, en la que además, asombrosamente predice la cronología de las dos guerras mundiales. En las obras de Verne también aparecen analogías entre objetos y acontecimientos descritos con acontecimientos reales sucedidos mucho tiempo después. El más sorprendente, es el viaje a la luna descrito en “De la Tierra a la Luna” (1865) que coincide de manera increíble con el programa espacial de la NASA, Apollo, iniciado casi cien años después de su publicación. También en “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1879) Verne describe con gran detalle el Nautilus, un proto submarino. En 1960 se inventó el submarino moderno.

De hecho, la lista es bastante larga.

En “Los viajes de Gulliver” (1735) Jonathan Swift predice que Marte tiene dos lunas, influencia de las teorías de Kepler. En 1885 se descubren Phobos y Deimos, las lunas de Marte. Erich From en “Mirando atrás” (1888) describe un sistema de pago mediante tarjetas de crédito. Se inventaron en 1950. Hugo Gernsback, además de acuñar el término scientfiction, fantaseó en “Ralph 124C 41+” (1914) con la idea de poder ver tu interlocutor a pesar de permanecer en lugares distintos, así como con el concepto de radar y su funcionamiento. En “un mundo feliz” (1932) Aldous Huxley predice la utilización de los antidepresivos, comercializados en 1950. George Orwell en “1984” (1949) hablaba de un futuro distópico en el que la sociedad es reprimida y vigilada con el fin de evitar conspiraciones políticas, algo muy parecido a las políticas de seguridad nacional de hoy en día. Este futuro distópico sucede en nuestro presente. Roy Bradbury en “Farenheit 451” (1953) predice el uso de auriculares con micrófono, comercializados en 2001. En 1964 Isaac Asimov escribió un artículo prediciendo cómo sería la vida en 2014, y a pesar de que falló algunas, describió con precisión, por ejemplo, las plantas de energía solar en los desiertos, las videollamadas y los electrodomésticos que harían café, calentarían la comida e incluso que la fabricarían. En 2014 se lanzaron los primeros prototipos de impresoras 3D de comida. Arthur C. Clarke en “2001 Odisea en el espacio” (1968) describe una red de geolocalización por satélite muy parecida a la puesta en marcha en 1983. En “Los niños del Brasil” (1976) Ira Levin explora macabramente la clonación y la ingeniería genética. La oveja Dolly nació en 1996, siguiendo el proceso de clonación descrito por Levin. En “Neuromante” (1984) William Gibson abre el camino del cyberpunk y acuña los conceptos de ciberespacio y realidad virtual. Internet surgió en 1983, y no se comercializó hasta 1995, mientras que la realidad virtual es tema de actualidad en 2015.

¿Coincidencia? No lo creo. Y estos son sólo algunos ejemplos de los clásicos del género. Puede que en algunos casos la teoría del hombre del futuro no parezca tan descabellada (¿quién predice una guerra con exactitud cronológica?), pero en los demás, las coincidencias o más bien predicciones me sugieren la siguiente pregunta: ¿El futuro se codifica a través de la ciencia ficción?

Sobre la ficción científica futurista.

1. f. Género de obras literarias o cinematográficas, cuyo contenido se basa en hipotéticos logros científicos y técnicos del tiempo que está por venir.

Sería ingenuo pensar que es la ciencia ficción la que imita al futuro por el simple hecho de que supondría aceptar que existen videntes capaces de predecir el porvenir incluso antes de tener cualquier indicio de su rumbo. Lo que sí podríamos considerar es que estos avezados escritores conocían muy bien hacia donde estaba mirando la ciencia, y con un cuidado criterio y mucha destreza narrativa, lograron dar vida a realidades alternas cautivadoras y de gran verosimilitud. Fueron estas, las historias creíbles, las que otorgaron a los científicos esa pizca de inventiva para materializar su ingenio, para encontrar un rumbo poético hacia el que focalizar sus investigaciones con el fin de recrear ese futuro prometido. De ser así, explicaría el porqué de la semejanza entre las obras de ciencia ficción y los hechos históricos.

Un ejemplo: Wernher von Braun, escribió “The Mars Project” (1948), un ensayo en el que defendía la certera posibilidad de que existieran sociedades en Marte parecidas a las descritas por la ciencia ficción, y en consecuencia que la carrera espacial hacia Marte era prioritaria que las defensas contra la Unión Soviética. En 1967, Von Braun hacía despegar los primeros prototipos del Saturno V, el cohete que llevaría al hombre a la Luna. Él, junto con todos sus compañeros del programa espacial, habían leído a Verne y Wells en su juventud y prometieron que llevarían a cabo sus grandes sueños.

Pero más allá de proponer logros científicos, lo que la ciencia ficción hace es golpear la realidad con la maza de la ética. Ya no sólo se trata de idear nuevas máquinas, sino de generar un debate en torno a lo que la creación en si de éstas llegaría a suponer para la humanidad. No consiste en decir que todo será mejor, sino en tantear las peores opciones posibles para saber qué no hay que hacer. Su finalidad es construir un tejido ético que guíe al hombre hacia el bien a base de definir el mal, que se encuentra subyacente en las conductas del presente, así que también ejerce de juez de la moral.

Ray Bradbury ejemplifica esta cuestión:

Yo soy como Verne, en muchos sentidos –un escritor de fábulas morales, un instructor de humanidades–. El creía que el ser humano está en una situación muy extraña en un mundo muy extraño, y cree que puede triunfar comportándose moralmente. Su héroe Nemo –de alguna manera la otra cara del enloquecido Ahab de Melville– anda por el mundo sacándole las armas a la gente para enseñarles la paz.”

Todas las películas y obras de ciencia ficción futurista que son consideradas clásicos del género, presentan algún tipo de crítica social, ética y moral a través de sociedades que eligieron o cayeron sin más en el mal camino. Estas obras no son especiales por pretender dar por sentados futuros posibles con gran detalle descriptivo, sino iniciar reflexiones sobre temas que nos harían replantear nuestra condición humana si sucedieran en un futuro. No es tan importante la forma, como el mensaje abierto que esconden detrás de mundos increíbles o destrozados, de imperios y federaciones, de poderes y avances tecnológicos.

El vehículo más potente para determinar el rumbo de la humanidad, es la ciencia ficción. Es esta la que planta las semillas de la imaginación que germinarán posteriormente en las mentes de científicos, políticos y gente corriente, para lograr esos futuros prometidos.

La ciencia ficción actúa como simulacro del futuro, ya que se ha convertido en el repertorio de posibles opciones a seguir. Por eso, la clave reside en esconder las hipótesis futuristas en universos atractivos y creíbles que cautiven y hagan reflexionar a los espectadores.

Nicholas Meyer, director de “Star Trek 2: La ira de Khan”, en una entrevista habló sobre la relación que los espectadores mantienen con la ciencia ficción y dijo que “la gente que se engancha a las películas y novelas de ciencia ficción, parece engancharse también a las posibilidades que promueve y ofrece, a la idea de un mundo mejor, o al menos a la idea de un mundo que nos permita ampliar nuestros horizontes.” Y añadió una anécdota idéntica a la de von Braun pero aplicada a una generación más jóven: “la mitad de las personas que trabajan en la NASA, crecieron viendo Star Trek”.

El cine y la televisión, como medios de difusión de masas, han propiciado que el fenómeno de la ciencia ficción llegara a todos los hogares, y por ende, que se creara un imaginario colectivo en el que encajar e incluso catalogar estas grandes obras, mitad realistas mitad imaginarias.

Sobre la ficción futurista en el cine.

Desde la década de 1900, en los albores cine, la ciencia ficción ha estado presente en la gran pantalla.

A continuación expondré los argumentos de algunas de las películas más representativas del género, con el fin de visualizar la diversidad de futuros que han arraigado en el imaginario colectivo, y de establecer algún tipo de conexión entre sus temáticas para poder apreciar el estrecho vínculo que muchas mantienen, debido a la transferencia e impregnación conceptual de las ideas sostenidas en películas anteriores y que han supuesto un referente para los nuevos creadores.

La primera película de ciencia ficción fue “Le voyage dans la Lune” (1902), una adaptación de Georges Méliès de la novela de Verne “De la Tierra a la Luna”, que ha sido versionada hasta la saciedad. En ella, un grupo de exploradores llegan a la Luna, dentro de una cápsula propulsada por un cañón, y se encuentran con sus habitantes a quienes matan deliberadamente. Al final acaban escapando y volviendo a la Tierra con un selenita cautivo para estudiarlo y exponerlo como trofeo ante los terrícolas. Méliès en realidad estaba haciendo una crítica al sistema imperialista, cruel e injusto con las otras culturas. Esta película sentó el imaginario visual de los cohetes, adaptó en su siguiente película “Deux Cents Milles sous les mers ou le Cauchemar du pêcheur” (1907), también inspirada en la obra de Verne “20.000 leguas de viaje submarino”, para crear el protosubmarino Nautilus.

En ambas películas la recreación de los alienígenas y los seres marinos, popularizó la idea de que todos aquellos entes que no conocemos, son monstruos feos, agresivos y poco inteligentes.

Pero en 1953, Byron Haskin adaptó al cine la obra de H. G. Wells “The War of The Worlds”, en donde los marcianos eran una especie mucho más desarrollada que la humana, capaz de aniquilarla en seis días. Seguían siendo alienígenas agresivos y horrendos, pero ahora inteligentes. Una mezcla diabólica que ayudaba a no sentir ningún tipo de pena por ellos, cosificándolos y degradándolos a meras criaturas sin alma. Éstos fueron los primeros alienígenas propiamente dichos de la pantalla, pero no fue hasta “Alien” (1979) de Ridley Scott que éste término adquirió entidad.

En las dos tramas, los humanos aparecen como víctimas inocentes tratando de escapar de un destino fatal, animal, primitivo e irracional: la doblegación de la raza débil.

En “Planet of Apes” (1968) de Franklin J. Schaffner donde los humanos han sido esclavizados y denigrados a meras bestias analfabetas, y los simios se han convertido en la especie dominante. En este caso, se trata de un cambio de tornas en la evolución, donde nos vemos representados sufriendo lo mismo que les hacemos a ellos. Es la historia de una venganza. Lo mismo se muestra en el film “Avatar” (2009) de James Cameron, con la diferencia de que en ella son los humanos los que aplican este destino cruel a otra especie homínida. En la película, los seres humanos han establecido una colonia minera en Pandora, un planeta bello y rico en todo su conjunto, donde las civilizaciones estan en plena sintonía con su entorno garantizando la preservación de su ecosistema. Los humanos llegan y se expropian de un pedazo de tierra defendiendolo de todo aquello que ose acercarse a él, como si de un bastión se tratase. Evidentemente los nativos del planeta intentan recuperar lo que es suyo, y entran en una especie de guerra que guarda una gran similitud con las conquistas coloniales inglesas del siglo XVI, y especialmente con una historia popularizada por Disney: “Pocahontas” (1995). De hecho podríamos considerar que Avatar es una adaptación del cuento llevado al campo de la ciencia ficción más actual, recordándonos la maldad del hombre blanco hacia todas aquellas culturas que ha considerado inferiores a lo largo de la historia.

Algo parecido es lo que se presenta en “District 9” (2009) de Neil Blomkamp, en la que una nave nodriza trae una colonia entera de alienígenas (parecidos a los de Méliès) y estos acaban siendo encerrados en un guetto infame de Johanesburgo en donde son maltratados y de donde no pueden salir. Los prawns no tienen derechos ni propiedades, son bestias que no reciben respeto alguno. Alcohólicos, pobres, violados, apaleados y esclavos de las mafias, son sólo una metáfora de lo que sucedió realmente en los suburbios de Sudáfrica. Xenofobia, racismo y discriminación son los puntos que critica y plasma de nuestra sociedad, pero además plantea la posibilidad de que algo así podría suceder si en un futuro establecemos contacto con otras especies más o menos dominantes. ¿Se convertirían en nuestras esclavas? Teniendo en cuenta el historial de la humanidad, lo más probable es que sí, y Luc Besson así lo plasmó en “District 13” (2004). En 2010, en una París distópica se han levantado muros para contener los suburbios pobres fuera del núcleo urbano civilizado. Debido a varios acontecimientos relacionados con las bandas criminales, los protagonistas se ven engañados por el gobierno, que intenta hacerles activar una bomba para eliminar el B13 y deshacerse de su población. Finalmente, de forma heroica consiguen salvarse y castigar al gobierno haciéndoles declarar su culpabilidad delante de los medios de comunicación, desacreditándolos ante los ciudadanos, quienes les obligan a derruir el muro y a devolverles la dignidad. En “District 9” también aparecen manifestaciones en contra del maltrato de los aliens y exigen al gobierno la cancelación del guetto para la integración entre especies.

En ambas películas los medios de comunicación juegan un papel fundamental para doblegar al gobierno. Este recurso social es fuertemente potenciado en “The Hunger Games” (2012) donde se muestra que en realidad una guerra se gana con la propaganda. También aparece el dilema de los distritos, en este caso, la protagonista pertenece al 12 y es la precursora de la rebelión contra un sistema clasista y opresor que esclaviza y tortura por placer (y por venganza) a aquellos que un día osaron levantarse y cuestionar el orden establecido. La misma temática se trata en “In Time” (2011), “Elysium” (2013) y “Snowpiercer” (2013).

En “In Time”, en el 2169 la sociedad se divide en distintos niveles (también separados por muros) según su nivel adquisitivo. La diferencia es que en este futuro se materializa el dicho “el tiempo es oro” y el tiempo se convierte en la moneda de cambio. En ese sistema es muy difícil subir estratos, pero extremadamente sencillo bajarlos. Cada uno tiene su tiempo, como nosotros tenemos nuestro dinero, lo que sucede es que el tiempo corre hagas lo que hagas, por lo que si eres pobre y te falta tiempo, no puedes permitirte ni siquiera dormir pues tienes que estar continuamente trabajando. Si eres rico en cambio, tu mundo transcurre lentamente ya que un minuto menos no te supondrá la muerte. Otro tema que trata es la vida útil de los humanos. En el filme, al llegar a los veinticinco años el reloj vital se detiene y el único tiempo que te queda es el que has podido ahorrar, o robar. La esencia del capitalismo llega a su máximo esplendor con esta trama en la que las injusticias también terminan con la actuación heroica de los protagonistas, que bien podría compararse con la de un Robin Hood del futuro.

En “Elysium”, en el 2154, los más ricos y poderosos se han instalado en una colonia orbital en donde disfrutan de todas las comodidades que puedan imaginar, incluso han aumentado su longevidad con máquinas regenerativas. En paralelo, en una Tierra superpoblada, pobre y precaria, la humanidad trata de sobrevivir en medio de un sistema opresor coordinado por robots violentos y agresivos, que claramente no aprendieron las leyes de la robótica de Asimov. El protagonista, junto con un grupo de rebeldes consiguen desmantelar el sistema y compartir las comodidades de los ricos con todos aquellos que lo necesiten.

En “Snowpiercer”, en el immediato 2014, el drástico cambio climático hiela el planeta y obliga a la sociedad a construir un colosal tren que da vueltas al planeta sin detenerse nunca con el fin de sobrevivir hasta que el entorno vuelva a ser habitable. Pero no se trata de una obra de comunión y convergencia altruista entre personas, el tren está dividido por clases sociales, con los ricos al frente y los pobres en la cola del tren. Evidentemente, los ricos abusan y maltratan a los pobres, y éstos terminan por levantarse y acabar con este sistema. “Snowpiercer” de Bong Joon-Ho, es claramente algo diferente a cualquier futuro inventado por la ciencia ficción, y probablemente sea debido a que hacen falta más cineastas asiáticos y menos caucásicos. Ésta es propiamente dicha una gran película de ciencia ficción, pues a parte de innovar en indumentarias y elementos tecnológicos, presenta una sociedad humana totalmente distinta a las demás, y aún así es creíble y sobrecogedora. Esto demuestra que no todo está inventado, y que sí es posible hacer algo genuino.

En “2012” (2009) los cambios climáticos desharán los polos, las mareas invertirán el campo magnético terrestre y todos moriremos a menos que podamos pagarnos una plaza en las arcas de la vida, diseñadas por y para los ricos. Esta es la base del filme de Ronald Emmerich y que sigue los patrones de Elysium y Snowpiercer. Los protagonistas deberán reconstruir una nueva civilización prácticamente desde cero, en un planeta Tierra completamente remodelado y extraño, y con el añadido de la incerteza de hasta qué punto la antigua jerarquía gubernamental seguirá presente en este nuevo comienzo casi bíblico. Es también el patrón que sigue “The Day After Tomorrow” (2004), del mismo director. En ambas películas, la catástrofe ambiental no es más que un pretexto para propiciar un ambiente hostil en el que demostrar que ante el peligro, la colaboración y el altruismo entre personas es la clave para la supervivencia de la especie.

En “WALL-E” (2008) de Pixar e “Intrestellar” (2014) de Christopher Nolan, el calentamiento global y la explotación irracional de los recursos obligan a la humanidad a buscar nuevos mundos en los que establecerse. En “WALL-E”, los humanos han construido naves espaciales parecidas a las planteadas en “Elysium”, en las que el sedentarismo, la inactividad, la moda única, el pasotismo y la vida a través de la pantalla se han impuesto, convirtiéndolos en seres sin capacidad motriz ni libre pensamiento en aras de la propia comodidad. Mientras tanto, la Tierra es abandonada a la espera de volver a encontrar signos de vida orgánica. En “Interestellar”, es la NASA la que envía a un grupo de exploradores a determinar la habitabilidad de varios planetas potenciales para albergar vida humana, mientras el resto de la sociedad muere poco a poco ahogada por el polvo. En esta película, además de criticar el malgaste de recursos naturales, indaga en conceptos muy complejos como la esencia de la quinta dimensión, el tiempo, que resulta ser la clave para resolver el enigma de cómo trasladar la humanidad entera a través del espacio hasta encontrar un lugar donde establecerse. La solución es muy parecida a las colonias flotantes de “WALL-E” y no queda claro si los humanos adquieren este conocimiento por su propio intelecto o gracias a la ayuda de unos entes etéreos y muy avanzados capaces de controlar las leyes de la física y la mente. En ambas la aparición de inteligencia artificial es crucial para que los seres humanos logren su cometido.

En el camino por descubrir la quinta dimensión, nos encontramos con dos producciones míticas en las cuales viajar en el tiempo es el pan de cada episodio. Me refiero a “Back to the future” (1985) y “Doctor Who” (1963), en donde los protagonistas viajan a través del tiempo y el espacio para resolver enigmas y vivir ese tipo de aventuras entre interesantes y poco creíbles que tanto cautiva al público de la pequeña pantalla. En el otro extremo, y con un lenguaje mucho menos comercial, encontramos “La jetée” (1962) de Chris Marker. En ella, se relata un mundo distópico en el que la humanidad vive bajo tierra debido a la catástrofe radioactiva de la Tercera Guerra Mundial, y mediante una máquina envían a sujetos a través del tiempo con el fin de obtener recursos y energía de otras épocas. Con este pretexto, el protagonista es enviado al pasado donde conoce a una mujer (la cual ya había conocido en su niñez) de la que se enamora. Después de varias misiones al pasado, le envían al futuro, donde conoce a una civilización más desarrollada y pacífica. Vuelve al presente con la fuente de energía que necesitaban para reconstruir la sociedad, pero en vez de permanecer allí, regresa al pasado con la mujer que ama, pero es perseguido por un hombre de su tiempo, y se enlaza el final con el principio de la pieza, donde el protagonista, de niño, ve morir a un hombre, que resulta ser él mismo en el futuro. El resultado que se extrae de esta pieza es el concepto de el destino está escrito y es inmutable, que resulta imposible evitarlo por mucho que viajes en el tiempo, ya que este viaje también estará programado en el propio destino.

Este también es el concepto de “Minority Report” (2002) de Steven Spielberg y basada en la novela homónima de Philip K. Dick. En donde el protagonista trata de escapar de su destino. Dick recupera el concepto de una sociedad controlada “por su propio bien”, en la que todo lo que sucederá es predicho por unos entes supersensibles, hecho que los cuerpos de la ley aprovechan para detener a los infractores antes siquiera de que se decidan a realizar un crimen. En la película se cuestiona hasta qué punto es legítimo culpar a alguien antes de que cometa un crimen, y qué debe prevalecer, la libertad personal y el “inocente hasta que se demuestre lo contrario” o el control preventivo con el fin de mantener el orden social.

En “Farenheit 451” (1966) de François Truffault, basada en la novela de Ray Bradbury, se presenta una sociedad controlada en un futuro opresivo donde los bomberos en vez de apagar incendios, queman libros. El protagonista también trata de escapar de su cometido, trata de liberarse de las órdenes leyendo en el intento por empezar a pensar por si mismo. Por este motivo se convierte en fugitivo de la ley.

Pero la madre de las obras sobre sociedades vigiladas, es “1984” (1984) de Michael Radford. El estilo de la vigilancia y la opresión social sentó cátedra en el mundo de la ciencia ficción, que incluso adoptó el término de la novela Gran Hermano para referirse a un sujeto que presta mucha atención a todo lo que le rodea, sin perderse ni un sólo detalle. De esto iba la película, de una sociedad restrictiva, gobernada por un sólo partido totalitario y militarizado que dicta lo que se debe pensar, hacer y sentir. Muchas obras posteriores se inspiraron en este concepto de totalitarismo. Por ejemplo “V de Vendetta” (2005), basada en la novela gráfica de David Lloyd, y que recrea el mismo tipo de totalitarismo.

Siguiendo el paralelismo, “Matrix” (1999) de los Hermanos Wachowski, presenta un futuro distópico en el que los humanos han sido relegados a meros productores de energía para alimentar a un gran servidor informático que les mantiene psicológicamente en una realidad simulada, mientras sus cuerpos permanecen en estado de hibernación durante toda su vida. Las máquinas han esclavizado a la raza humana, y los pocos que han escapado viven ocultos en las profundidades mientras tratan de eliminar Matrix. La crítica reside en la dualidad de realidades y en la decisión que el protagonista debe tomar: permanecer en Matrix y “vivir” una vida placentera y sin complicaciones pero falsa, o despertar y afrontar la realidad. Es una analogía a la sociedad del momento, llena de placebos para hacer creer a la gente que el sistema funciona y es bueno, pero que sólo se alimenta de nuestros deseos y desesperaciones para apoderarse de nuestras vidas y así tener el control definitivo sobre la humanidad.

Algo parecido sucede en “Oblivion” (2013) de Joseph Kosinski. Hasta el final de la trama no te das cuenta de que en realidad todo lo que el protagonista vivió, era producto de la voluntad de un ente alienígena con el fin de distorsionar sus recuerdos y pensamientos para así esclavizarlo y poder extraer los recursos del planeta fácilmente. Tanto en “Matrix” como en “Oblivion, las máquinas o entes subyugan a la humanidad a vivir una falsa realidad para mantenerlos estables y serviciales.

El caso opuesto pero de similares características es “Solaris” (1972) de Andrey Tarkovsky, en donde los protagonistas acaban enloqueciendo y recreando sus propias realidades con el fin de sobrevivir a la misión de exploración. Trata más del tema del poder de la inconsciencia humana que de la exploración espacial. Tarkovsky quería aportar una calidad emocional e intelectual nueva y más profunda a la ciencia ficción.

Pero ya en “Forbidden Planet” (1956) Fred M. Wilcox reflexionó sobre esto en una de las más destacadas películas de ciencia ficción. “Forbidden Planet” fue la primera película donde aparecían humanos viajando a través del espacio con naves espaciales de su propia creación, así como también fue la primera trama que transcurría íntegramente en otro planeta. Fue un visionario que tanteó con la idea de la consciencia colectiva y el poder de la mente para personificar tus peores miedos. En ella, aparecía la figura de Robby, un robot sirviente capaz de realizar cualquier tarea. Debido al desarrollo de la trama, Robby acaba desactivándose en el momento en que recibe la directriz de eliminar a un “ente invisible y destructivo” debido a que éste es un producto de la mente humana, y eliminarlo supondría asesinar a un humano, directriz que se siente incapaz de realizar pues entra en conflicto con las leyes de la robótica de Asimov.

Quien olvida por completo estas directrices es Sonny, el androide protagonista de “I ROBOT” (2004), basada en la novela homóloga de Isaac Asimov. En ésta, un detective cuyo brazo izquierdo fue sustituido por uno artificial debido a un desafortunado encuentro con un androide que le empuja a odiarlos y a no fiarse de la tecnología. Asimov creó las Tres Leyes de la Robótica, según las cuales deben regirse las acciones de los robots. Son: nunca herir a un humano o dejar que se hiera; obedecer siempre los deseos humanos a menos que entren en conflicto con la primera ley; proteger su propia existencia a menos que viole la primera o la segunda ley. Todos los robots de la historia se rigen por estas directrices salvo uno, uno defectuoso que es capaz de ignorarlas y realizar su propia voluntad. En la búsqueda de la verdad sobre el suicidio del científico creador de U.S. Robotics, el protagonista se topa con este ente independiente y con su ayuda logra descubrir que V.I.K.I, el procesador informático que controla todas las unidades robóticas, también ha cobrado consciencia y ha determinado que la especie humana es peligrosa para sí misma, por lo que añadió una directriz más que permite a los robots ignorar las otras tres con el fin de salvar a la humanidad de si misma, destruyéndola.
El mismo dilema se plantea en “2001: A Space Odyssey” (1968) de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke, basada en la novela corta de Clarke “The sentinel”. Clarke resumió su propósito en una breve frase: “Nos hemos centrado nada menos que en el lugar que ocupa el hombre en el universo y en su posible posición en la jerarquía de la inteligencia cósmica”. En la trama, unos astronautas son enviados al espacio en busca de respuestas al monolito que una especie alienígena superior les ha enviado a la Tierra. El misterio nunca se desvela, es más, genera más preguntas que respuestas. “Puede que los alienígenas” dice Keir Dullea, actor que encarnó al astronauta Dave Bowman, sobre la última e indescifrable escena de la película, “vayan millones de años avanzados a los seres humanos, y que poseen la tecnología para penetrar en nuestro cerebro, buscando el que podría ser nuestro hábitat natural [el que sentimos como nuestro]”. En la trama, HAL, el procesador de la nave, juega un papel importantísimo ya que al igual que V.I.K.I, se considera más capacitado que los humanos y acaba rompiendo las leyes de Asimov para matarlos y concluir con éxito la misión.

En “Blade Runner” (1982) de Ridley Scott, basado en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick, las máquinas también tratan de acabar con los humanos para preservar su propia existencia. Presenta un mundo distópico en el que los replicantes (androides tratados como esclavos) son tan parecidos a los humanos que son casi irreconocibles salvo por el hecho de que son incapaces de reaccionar a los estímulos emocionales. Esto es lo que no les hace humanos y por lo que tan desesperadamente luchan, quieren sentir, emocionarse, y amar, y se aferran a la falacia de una identidad falsa en el intento desesperado de ser aceptados como entes humanos, y esto es lo que les hace más humanos que el resto de personas del planeta, absorbidas por la televisión y absortos en una sociedad podrida. Al final del film, el replicante Roy, aceptando el fin de su corta existencia dice una de las frases más admiradas en la ciencia ficción “He visto cosas que vosotros jamás llegaríais a imaginar. Y estos recuerdos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”, refiriéndose a todas aquellas misiones a las que ha sido enviado y por las que el recuerdo de sus experiencias le hacen sentir vivo, más humano de lo que los humanos serán jamás.

El mismo concepto de la búsqueda de la humanidad se encuentra en “RoboCop” (1987) de Paul Verhoeven, en la que habla sobre la ética de la robótica, criticando el capitalismo, la privatización, la avarícia, la corrupción, el autoritarismo y los medios. Pero también ayuda a establecer las premisas para el reconocimiento de la cualidad humana: en el momento en el que el protagonista responde a quién es, y dice “Yo soy Murphy” en vez de RoboCop, recupera el alma que le había sido arrebatada, recupera su esencia, su personalidad, y esto le devuelve la condición humana.

En la precuela de Alien, “Prometheus” (2012) de Ridley Scott, aparece la figura de David, un humanoide programado para supervisar el correcto funcionamiento de la misión por encima de cualquiera de las tres leyes de la robótica, al igual que hizo HAL. David no es humano, sin embargo presenta trazos de amor y odio hacia algunos personajes, así como unas ansias muy humanas por sobrevivir. En la trama, los exploradores buscan a los seres que crearon la humanidad con el fin de encontrar la respuesta a su existencia. En un diálogo entre David y uno de los astronautas se vislumbra la opinión de Scott acerca del propósito de la robótica:

– David, ¿por qué crees que nos han creado?
– ¿Por qué me habéis creado?
– Por que podíamos, supongo.”

La búsqueda de la existencia de los androides no es más que una representación de la angustia de los seres humanos hacia el desconocimiento de los motivos de su propia existencia. Por este motivo, en todas las películas en las que las máquinas son extremadamente parecidas a los seres humanos, surge ese dilema vital.

En “A. I. Artificial Intelligence” (2001) de Steven Spielberg, trata de la historia de otro David, un androide con apariencia de niño que desafortunadamente fue programado para amar. Después de una debacle y su consecuente reducción de la población, se crean los mechas, humanoides avanzados capaces de emular sentimientos y emociones humanas. Por una serie de eventos, David es abandonado a su suerte y trata desesperadamente de regresar con su familia adoptiva. Spielberg hace una fuerte crítica de la responsabilidad humana respecto a sus creaciones, a la vez que intenta dar luz al motivo de nuestra existencia mediante la extinción de la especie humana y la supervivencia de humanoides superdesarrollados que, al igual que nosotros, no llegaron a conocer a sus creadores ni a saber el significado de su existencia.

Otra historia con una joven protagonista, es “EVA” (2011) de Kiko Maíllo, que al descubrir que es una androide su mundo se derrumba y termina por ser desactivada con el deseo de que algún día su creador arregle la imperfección que la ha convertido en una androide singular capaz de amar. Eva no soporta el hecho de no ser humana pero sentirse como tal. En el fondo es la misma historia de David.

La gran revelación de la ciencia ficción es “Black Mirror” serie en emisión desde 2011 e ideada por Charlie Brooker, quien define su como una amalgama de varios futuros distintos e inconexos entre ellos. “Cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos son acerca de la forma en que vivimos ahora – y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes”. En el primer capítulo trata la robótica como recurso para reemplazar aquellos seres que hemos perdido, como en “A.I.”, y qué dilemas éticos plantea.

En “2046” (2004), Wong Kar-wai presenta la historia de amor entre un humano y una androide, situada en un Japón futurista y distópico en el que existe un lugar llamado 2046, en donde encontrar el amor (artificial) perdido, un sitio que nunca cambia ni hay tristeza ni soledad, y del que nadie antes había regresado. “2046” recupera la idea de Matrix sobre una realidad placebo en la que vivir plácidamente, y se acerca a los conceptos de “EVA”, “A.I.” y “Black Mirror” cuando plantea la creación de androides sustitutos de aquellos seres que hemos perdido.

En su novela “i Robot”, Isaac Asimov estableció el código ético de la robótica y arrojó luz sobre el dilema del porqué de su existencia y su función en la sociedad. Aún así, nunca se dejó de plantear que si en un futuro somos capaces de crear vida artificial, nuestra responsabilidad hacia estos androides debería ser la misma que la de un padre hacia sus hijos, y no la de un dios arrogante y esclavizador. “Me pregunto,” decía Asimov “si algún día la humanidad morirá como tal y empezaremos una cultura en la que convivir con la inteligencia artificial”.

En “Battlestar Galáctica” (emitida por primera vez en 1978) creada por Glen A. Larson, los robots han dejado de ser una especie artificial inferior para convertirse en los iguales de los humanos, creando sus propias civilizaciones y sociedades independientes. En la serie, un conflicto lleva a los Cylon, la raza robótica, a lanzar un ataque nuclear contra todas las civilizaciones humanas, acabando con la gran mayoría de seres humanos. Durante el transcurso de la trama los Cyron y los humanos llegan a convivir de nuevo como semejantes.

Al ver la serie, George Lucas denunció que habían copiado algunos conceptos de su saga “Star Wars” (presentada en 1977). Por su parte, Larson argumentó que él a su vez había robado ideas a otros muchos, y tenía razón. “Lo que hizo George” dice Anthony Daniels, actor que encarna a C3PO “fue elaborar una mezcla diferente y dotarla de un aspecto antiguo y usado, creando un mundo en el que al espectador le hubiera gustado vivir.” En “Star Wars” Lucas incluyó todas las grandes ideas de la ciencia ficción: el ansia de explorar, la búsqueda de nuevos mundos y civilizaciones, el desarrollo de un complejo imaginario tecnológico y la lucha del bien contra el mal. La guerra de las galaxias cautivó la imaginación de toda una generación, y cambió la historia de la ciencia ficción al convertirse en uno de los máximos exponentes del género.

Pero a diferencia de “Star Wars”, donde prevalece la distopía en toda la galaxia, una de sus predecesoras logró crear un imaginario igual de rico y complejo que el de Lucas, pero con la diferencia de que consiguió conciliar la ciencia ficción con la utopía de una forma tan cautivadora y alentadora, que se convirtió en la meta final de la humanidad:

Star Trek (1966) plasma un futuro en el que todo sale bien” explica Ronald Moore, productor de Battlestar Galáctica, “en el que en una Tierra unida hemos terminado con la pobreza, las enfermedades, las guerras y el racismo, en el que entablamos amistad con otros seres de la galaxia que tienen bultos en la cabeza y no pasa absolutamente nada. Y creo que desde la década de los sesenta, aquella imagen alagueña del futuro se ha convertido en la imagen que todos tenemos del futuro, del futuro que esperamos y deseamos.”

En conclusión:

Todas estas tramas, en mayor o menor medida, presentan a un protagonista que finalmente derrumba el sistema con el fin de establecer uno nuevo, uno que sea todo lo contrario al anterior. Esto supone que en la realidad de los personajes, hay otro horizonte más allá del que el espectador puede percibir, pero que es real para ellos porque es el motivo por el cual han estado luchando durante toda la película. ¿Entonces podríamos hablar de meta-ciencia ficción futurista? ¿Ciencia ficción que hable de un futuro que a su vez, al ser el presente de otros, sueña con otros futuros imaginarios y factibles a los que aferrarse?

Arthur C. Clarke dijo:

Yo considero el hecho de definir lo que es real –que es un tema serio, incluso un tema vital-. Y en algún lugar se encuentra el otro tema, la definición de hombre auténtico. Porque el bombardeo de pseudo-realidades rápidamente comienza a producir hombres de mentira, hombres falsos – tan falsos como los datos que les presionan desde todos los flancos. Mis dos temas favoritos son realmente uno solo; se unen en este punto. Falsas realidades crearán falsos humanos. O falsos humanos crearán falsas realidades y se las venderán a otros humanos”.

Y puede que estuviera en lo cierto. Tantas posibles realidades hacen que perdamos de vista el presente ya que sólo tenemos ojos para el futuro, y que empecemos a recrear abruptamente y de forma irracional los elementos de los universos que habían estado diseñados para un momento espacio temporal concreto, no para el presente inmediato. Y entonces aparecen las desilusiones por ser incapaces de recrear el futuro que esperaban con la misma exactitud que en las obras de ficción, por que aunque éstas sean las inspiradoras del futuro, nuestras capacidades muchas veces nos impiden llevarla a cabo.

En este punto, en el que la imaginación se convierte en tangible, deberíamos cuestionarnos si no es este el motivo por el cual somos prácticamente incapaces de crear algo auténtico por nosotros mismos, porque en el momento que aceptamos que el ser humano puede convertir la ficción en realidad, empezamos a fabular de forma distinta, de forma plausible, verosímil, realista. ¿Qué sentido tiene esto? ¿No es acaso la ficción el librepensamiento más inmune a lo real? ¿Por qué imaginamos desde lo que creemos factible? ¿Por qué no nos interesa crear algo que no podemos explicar? Porque su finalidad es y siempre será crear mundos a la escala de nuestro entendimiento. ¿Qué gracia tiene matarla convirtiéndola en tangible? Resulta que el ser humano sólo sabe evolucionar cuando debe buscar nuevos sueños imposibles, cuando siente que sigue incompleto.

La realidad es nuestro handicap, es la auténtica ciencia ficción.

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bibliografía y contenidos de interés.


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